Thursday, July 01, 2004

LA REPUBLICA INEFICIENTE

Este "paper" forma parte del Libro/Weblog "LA REPUBLICA INEFICIENTE"
Autor: Pablo Presas, MBA in Finance (Rollins College, FL. USA), Lic. en Economía (UBA)
(Primer borrador escrito en el año 2003, luego de la Crisis Argentina de 2001/2002)

La República Ineficiente (por Pablo Presas)

“…en Adam Smith, al igual que en observadores tan dispares como Alfred Marshall o Jung Chang, encontramos una convicción idéntica acerca de que la esencia de la cuestión, la clave para entender el cómo y el porqué de los avances y retrocesos de la riqueza de la humanidad, yace en una visión cabal del contexto pleno del hombre en lo social, lo político, lo psicológico y lo ético, así como en lo económico. Se trata de un enfoque al que ha regresado un número cada vez mayor de historiadores de la economía en los últimos tiempos, tras una fase de lo que ahora semejan intentos mecanicistas, basados en un punto de vista meramente económico, de explicar la historia de la economía según las categorías neoclásicas (cambio tecnológico, excedente de producción, ahorro e inversiones)”. Peter Jay (2000), “The wealth of Man”



De la “República de la Virtud” a la “República del Interés”

“República” es un término vago y de difícil aplicación, sostenía Thomas Jefferson hacia fines del siglo XVIII, y en efecto, varias concepciones y paradigmas fueron dando forma a distintos tipos de repúblicas a lo largo de la historia de la humanidad. Pero con seguridad, una de las dicotomías que más ha marcado el concepto republicano ha sido la oposición Virtud - Interés.

La República Platónica-Aristotélica se basaba en la virtud de sus miembros, en la concepción de que el ciudadano debía cargar sobre sus hombros el destino común de la sociedad, para lo cual debía someterse a una especie de conversión espiritual, “la renuncia de uno mismo…la preferencia continua del interés público sobre el interés de cada cual” era el paradigma dominante.
Es decir, se intentaba instalar y cultivar en la naturaleza humana, el constante comportamiento virtuoso del ciudadano hacia el bien común, sólo así entonces, se podía vivir en comunión con todos. De esta manera, cada ciudadano debía confiar ciegamente en la naturaleza virtuosa de sus conciudadanos. Cada súbdito, en la natural inclinación de sus gobernantes para mejorar el bienestar común.

Sin embargo, la historia demostraría irrefutablemente a lo largo de los siguientes siglos, que esta concepción platónica de la naturaleza humana, fue una cuasi-utopía. Hoy sabemos, gracias a los avances de las ciencias, que la naturaleza humana se encuentra más cercana del “lobo” de Hobbes, que del “buen salvaje” de Rousseau, y que todo hombre que tiene poder, siente la inclinación de abusar de él, justo hasta donde se topa con límites externos, pero no antes.
“¡Quien lo diría!”, exclamaba Montesquieu ya por mediados del siglo XVII, “la misma virtud necesita límites. Y para que no se pueda abusar del poder, es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”

Es así como gracias al nuevo entendimiento de la naturaleza humana, y con la ayuda de la ciencia y la razón, soportes de la Ilustración, se paso de la República de la Virtud a la República del Interés, es decir, en vez de confiar en la virtud de nuestros gobernantes de buscar el interés común, se crearon los mecanismos para que la búsqueda del interés propio de cada individuo, condujera a la maximización del interés común.

Uno de los mayores contribuidores a este paradigma fue el genial Adam Smith, quién, dentro del plano económico, pero también explorando la naturaleza humana con su otra fantástica obra “Teoría de los Sentimientos Morales”, nos proporcionaría una nueva brújula para alcanzar el objetivo de maximizar el bienestar común. Ahora, la naturaleza egoísta del hombre (interés propio) podía generar felicidad y bienestar para el conjunto de la sociedad. En palabras del propio Adam Smith: “no es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero lo que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas.”
Ya no era necesario suprimir las pasiones humanas innatas hacia el beneficio personal y reemplazarlas por una virtud platónica que debía ser continuamente cultivada, sino que por el contrario, el interés propio podía ser canalizado hacia el bienestar general, y para que ello funcionara solo era necesario la libertad.

De allí en más, todas las sociedades exitosas serían organizadas en base a este paradigma. Así, se diseñaron sistemas de gobierno con frenos y contrapesos (checks and balances) y sistemas económicos de libre competencia de mercado, que en vez de suprimir el interés propio, lo encauzaron hacia el logro del bienestar general. Estas nuevas ideas ayudaron a crear las bases institucionales que permitirían los mayores avances en la historia de la humanidad, gracias a la combinación de capitalismo y democracia. Avance que no sucedió por medio de la “virtud” sino del “interés” pero equilibrado con los “intereses” de otros.
Y es también sobre estos pilares ideológicos, que nace la organización institucional de nuestra República Argentina, surgida de la Constitución de 1853. Organización institucional que permitiría a nuestro país, algunas décadas más tarde, convertirse en una pujante nación dentro del concierto de las potencias mundiales.

Claro que las instituciones, y todo lo que ellas representan (leyes, normas, incentivos, seguridad, etc.) no pueden ser absolutamente estáticas sino que deben cambiar o adaptarse con el tiempo y-o el descubrimiento de nuevas ineficiencias estructurales, tanto en la economía de mercado como en la democracia.

Así, aquellos países que han sabido adaptar sus instituciones a los nuevos desafíos, han continuado siendo Repúblicas Eficientes. Por el contrario, aquellos otros países, donde las ineficiencias no sólo no se han corregido sino que se han acentuado, se han convertido en Repúblicas Ineficientes.
¿Y cuales son dichas ineficiencias? ¿Cuáles son dichos virus que pueden infectar la economía de mercado y la democracia? Una definición general sería la de aquellos virus que allí donde se instalan, producen un cortocircuito entre el interés propio y el bienestar general. Y si tratamos de definirlos o enumerarlos en forma concreta, nos encontramos con que varios de ellos están presentes en nuestra Argentina actual: fallas de mercado, monopolios y oligopolios, mal regulaciones, desinformación, violación del derecho a la propiedad, manipulación de la justicia, despotismo democrático y fallas de representación son solo algunos ejemplos entre muchísimos otros.

Una República Ineficiente, es entonces, aquella República que ha permitido que el interés propio de sus ciudadanos, no conduzca, como una mano invisible, al bienestar de sus pares, sino todo lo contrario, genere una situación de auto-fagositismo donde los juegos de suma cero (lo que uno gana el otro pierde) se convierten en la norma cotidiana, y donde cada ciudadano termina convirtiéndose en el “lobo hobbesiano” de sus conciudadanos.

Ya hace varios años Alexis de Tocqueville escribió que “…en las instituciones aristocráticas, se descubre a veces una tendencia secreta que, a despecho de los talentos y las virtudes de los hombres, los arrastra a contribuir a la miseria de sus semejantes.” Haciendo una analogía histórica, las instituciones de una República Ineficiente contemporánea, se asemejan asombrosamente a aquellas instituciones aristocráticas a las que se refería el autor de “La democracia en América”

La clave sin embargo no es volver a la República basada en la virtud, modelo que ha fracasado reiteradamente, sino reencauzar la República basada en el interés bien entendido, de manera de que volvamos a tener una República Eficiente, donde el esfuerzo propio de cada ciudadano hacia su bienestar, conduzca al progreso de todos.

Hoy en día, una nueva rama del pensamiento económico, conocida como “neo-institucionalismo” y cuyo mayor exponente es Douglas North, analiza la relación existente entre las distintas instituciones versus el crecimiento y desarrollo de los países que las contienen. Y sin lugar a dudas, la República Argentina, se ha convertido en uno de los mayores exponentes contemporáneos de la “República Ineficiente”, con un marco institucional que impide el funcionamiento de una verdadera economía de mercado y de una verdadera democracia.

Pero esto no es algo nuevo dentro de la humanidad sino todo lo contrario, muchos otros ejemplos de sociedades ineficientes (aquellas donde el interés propio de cada ciudadano no conduce al bienestar general) han existido y existen aún en el mundo. La historia de la civilización conserva una numerosa colección de organizaciones ineficientes, llámense Imperios, Monarquías, Principados, Ciudades Estado, Naciones y Republicas, las cuales han sufrido fuertes retrocesos económicos e incluso llegando algunos a desaparecer por completo (sea desintegrándose o fusionándose con otra sociedad).

Estudiar la historia de la organización socioeconómica de las grandes potencias es un ejercicio apasionante (y debería ser una obligación en nuestros políticos) ya que apenas se empiezan a investigar las causas que produjeron las debacles económicas y caídas de dichas civilizaciones, uno se encuentra con innumerables similitudes entre el funcionamiento de dichas sociedades y el de nuestra argentina actual.

Veamos entonces, algunos de dichos paralelismos históricos y repasemos brevemente como algunas sociedades han alcanzado un mayor grado de eficiencia en su organización.


Lecciones de otras “Organizaciones Institucionales” ineficientes


A principios del siglo XVI (año 1500), el cual muchos lo señalan como el inicio de los tiempos modernos, la humanidad no tenía una civilización particularmente dominante. Europa, se podría decir, estaba retrasada con respecto a otras grandes civilizaciones de Oriente. Sin embargo, dos de estas civilizaciones, el Imperio Otomano y el Imperio Mongol, prácticamente desaparecerían en los próximos siglos.
Paul Kennedy, profesor de historia en Yale University, argumenta en “Auge y Caída de las Grandes Potencias” que las principales razones de la decadencia de las potencias fueron (y son) generalmente mucho más internas que externas. Y respecto al Imperio Mongol nos indica: “…Las brillantes cortes eran centros de consumo conspicuo a una escala que hasta el Rey Sol hubiera considerado excesiva en Versalles. Miles de sirvientes y desocupados, ropas, joyas, harenes, y menajes extravagantes, enormes despliegues de cuerpos de guardia que sólo podían pagarse creando una maquina de pillaje sistemático. Los recaudadores de impuestos, a quienes sus amos exigían sumas fijas, se cebaban sin piedad en campesinos y comerciantes; fuera cual fuese la situación de las cosechas o el comercio, el dinero tenía que reunirse. Como, aparte de la rebelión, no había frenos constitucionales ni de ninguna otra especie, no era sorprendente que se llamara “comida” a los impuestos. A cambio de este tributo anual colosal, la población recibía apenas nada. Había pocos adelantos en las comunicaciones y ninguna ayuda organizada en caso de hambre, inundaciones, y peste, cosas que, por supuesto, eran habituales.”

Explicar ineficiencia economica y corrupción. ¿Encuentran similitudes entre el Imperio Mongol y la situación argentina vivida en las últimas décadas? La historia es una prueba irrefutable de que el hombre es el único que tropieza varias veces con la misma piedra. Pero esperen leer las razones internas de la decadencia de otro gran imperio, el Imperio Otomano.

“…Durante siglos antes de 1500 el mundo del Islam había sido cultural y tecnológicamente más avanzado que Europa. Sus ciudades eran más grandes, estaban bien iluminadas y alcantarilladas y algunas de ellas poseían universidades, bibliotecas, y mezquitas sorprendentemente hermosas. Los musulmanes habían detentado el liderazgo en matemáticas, cartografía, medicina, y muchos aspectos de la ciencia y la industria…
…Sin embargo, también los turcos otomanos iban a fracasar,…después de 1566 reinaron trece sultanes incompetentes sucesivamente…. El sistema en su totalidad sufrió cada vez más,…de algunos de los problemas de la centralización, el despotismo, y el exceso de ortodoxia en su actitud hacia la iniciativa, la disidencia, y el comercio. Un sultán idiota podía paralizar el Imperio Otomano de una manera que ni un Papa ni un emperador del Sacro Imperio podía hacer con Europa. Sin órdenes claras de la instancia superior, las arterias de la burocracia se endurecieron, optaron por el conservadurismo en lugar del cambio y sofocaron la innovación…
…(consiguientes saqueos) junto con el alza de precios, hizo que jenízaros descontentos se dedicaran al pillaje interno. Los comerciantes y empresarios,…, se encontraron sujetos a impuestos imprevisibles, cuando no se les arrebataba directamente su propiedad…
Al mismo tiempo que se deterioraba la situación, los funcionarios civiles se dedicaban al robo, solicitaban sobornos, y confiscaban lotes de mercancías.”

Con estas realidades comenzó la desaparición de los Imperios Mongol y Otomano. Cada uno de nosotros le podrá encontrar similitudes y diferencias con nuestra realidad. Y hoy, aunque el paradigma internacional, plasmado a través de las Naciones Unidas, del respeto por la autodeterminación de las naciones , hace un imposible que desaparezca la Argentina (como país independiente y soberano), la pobreza y decadencia se sufren por igual.

¿Humor o predicción?: El talentoso Tato Bores solía representar a un arqueólogo del futuro, quien excavaba sobre unas hipotéticas ruinas en busca de las causas de la “desaparición de la Argentina”. Más allá de lo cómico de la situación, cabe preguntarse si antes de la desaparición de estos dos grandes imperios, no hubieran existido otros “Tato Bores” que a través del humor, se burlaban de la incompetencia de sus sultanes y emperadores.


Como vemos, no es una afección solamente argentina, sino que, (y muy seguido), otros pueblos también la han padecido. Entonces, ¿cuál es ese “defecto” de la naturaleza humana que lleva a la decadencia de una sociedad?, si es que existe tal “defecto”.

Para responder dicha pregunta, debemos primero seguir nuestro breve repaso histórico. Como mencionamos anteriormente, a partir del siglo XV, Europa experimentaría un crecimiento tan espectacular que, desde una posición que nadie adjudicaría como la civilización más avanzada, llegaría a dominar completamente el mundo tan sólo un par de siglos posteriores. Hoy, sus habitantes gozan del más alto y mejor nivel de vida promedio de todo el planeta. ¿Cuál fue la razón de este milagro occidental? ¿Eran los europeos de entonces, intelectualmente superiores a sus pares turcos, persas, chinos, indios, moscovitas, o amerindios? ¿Será que los reyes europeos no poseían ese “defecto” de los zares y emperadores incompetentes que al cabo de unos largos años devastarían sus sociedades? Muy por el contrario, la historia nos enseña que también en Europa existieron varios líderes tan ambiciosos e incompetentes como para arruinar, pese a contar con innumerables ventajas externas, a la mayoría de sus súbditos.

Las pretensiones de conquistas de Luis XIV, por ejemplo, quien reinó en Francia a partir de 1660, llevaron a que dilapidara cada vez más recursos en financiar sus campañas y guerras. Por supuesto era muy mal administrador, y como sus ingresos nunca eran suficientes, tuvo que declarar el reino en “default” unas cuantas veces.
North y Thomas exponen en su libro “El Nacimiento del Mundo Occidental” como en la época de Colbert (Primer ministro de Luis XVI), el objetivo básico del Estado era maximizar la recaudación, lo cual se hacía básicamente a través de dos formas, por un lado se “vendían” derechos de monopolios a diversos gremios, los cuales de esa forma se aseguraban mayores beneficios a través de “esquilmar” al campesinado francés. Por el otro, también se vendían títulos nobiliarios que otorgaban ciertos privilegios a sus poseedores como la exención impositiva sobre sus fastuosas propiedades. Por esta razón, la tierra tenía más valor para estas personas que para las que carecían de dicho privilegio (ya que no debían pagar impuestos sobre la misma), creándose así las condiciones para una reestructuración de la tierra a través del “mercado” de forma que muchas pequeñas propiedades se convirtieron en grandes latifundios. También los burócratas tenían este privilegio impositivo, y ellos mismos no eran más que recaudadores de impuestos como la “gazelle” del cual se apropiaban de un porcentaje. No resulta extraño entonces que la “Francia del Rey Sol” fuera un país altamente polarizado. Por un lado, unos 17 millones de franceses sufrían el continuo descenso de sus ingresos reales. Por el otro, una “nobleza” de aproximadamente 500,000 personas iluminaban las agraciadas cortes y disfrutaban de una gloriosa vida de lujo en sus círculos cortesanos.
No hay que ser un experto para darse cuenta que esta situación era sumamente ineficiente desde el punto de vista económico. Así, la incapacidad de la economía francesa (por culpa de la incapacidad de su Estado) en conseguir un crecimiento económico sostenido en el largo plazo, fue uno de los factores que ayudó a crear el clima propicio previo a la revolución de 1789. Hoy comprendemos mejor las verdaderas razones de toda esa ira contenida que explotó en dicho acontecimiento.

Pero más impresionante resulta aún la decadencia del imperio español de los Habsburgo durante los siglos XVI y XVII. La tragedia de la decadencia y estancamiento de la misma España es algo que todavía analizan muchos historiadores, especialmente porque resulta paradójico que un imperio destinado a dominar Europa gracias al descubrimiento y la abundancia de los recursos naturales del nuevo mundo, haya tenido un fracaso tan estrepitoso.

Paul Kennedy nos explica como los monarcas Habsburgo, “incapaces de lograr ingresos por medios más eficaces (para solventar los gastos de su “excesiva extensión estratégica”), recurrían a una variedad de expedientes, sencillos a corto plazo pero desastrosos para el bienestar a largo plazo del país. Se elevaban sin cesar los impuestos por todos los medios, pero raramente pesaban sobre los hombros de quienes podían tolerarlos más fácilmente y siempre tendían a perjudicar el comercio. Un gobierno desesperado por obtener dinero en efectivo vendía privilegios, monopolios y honores” .

Como el agua para un tejado: En la Argentina de fines del segundo mandato Menemista (y también durante lo dos años de De La Rúa), había un comentario entre los economistas, un poco en broma un poco en serio, de que el Fondo Monetario para no prestarle más dinero al gobierno, le mostraba un gráfico con una correlación casi perfecta entre los préstamos que entraban al país, y el incremento de las cuentas privadas argentinas en Miami una semana después.


Y también hace más de 300 años, durante la decadencia de los Habsburgo, se decía que “la afluencia de metales preciosos de las Indias era para España como el agua para un tejado: caía y desaparecía enseguida” y generalmente aparecía en otros centros financieros de la Europa más “segura” como Ámsterdam.

Por otra parte, J. Elliot, en “The decline of Spain”, sostiene que muchos de los hechos que ocurrían en el imperio no eran sino un síntoma de la inseguridad que afectaba a todos los derechos de propiedad. Así, “conforme aumentaban las dificultades financieras de la Corona, la apropiación, la confiscación o la alteración unilateral de los contratos se convirtió en un fenómeno habitual que acabó dejando sentir sus efectos sobre todos los grupos dedicados al comercio, la industria o la agricultura. Ello disuadió a la gente de emprender actividades productivas. Y como ningún derecho de propiedad estaba garantizado, era inevitable que se produjera el retraso económico. La naturaleza del sistema económico era tal que todo el mundo se hizo estudiante o monje, mendigo o burócrata. No se podía hacer otra cosa.”

Como lo demuestra la historia, los recursos más valiosos que determinan el progreso de una nación no son los recursos naturales: Japón, sin contar con ellos, logró transformarse en una gran potencia . Tampoco son los recursos financieros: así como todo el oro y plata de América no impidió la decadencia española, el hacer el mayor “write off” de la historia sobre nuestra deuda pública, no impedirá por sí sólo nuestra decadencia.
Los recursos más valiosos de una nación son, en definitiva, los recursos humanos: la capacidad de su pueblo sin lugar a dudas, pero aún más importante e imprescindible, la capacidad de liderazgo, visión estratégica y gestión de sus gobernantes.

La España de los siglos XVII y XVIII es tan sólo uno de muchos otros casos que representan ejemplos concretos sobre los “resultados y consecuencias de la falta de desarrollo de una organización económica eficaz”. Poco hay de nuevo en esta conclusión. “Tanto Marx como Adam Smith expresaron este punto de vista. Ambos consideraron que el éxito del crecimiento económico depende de la existencia de unos derechos de propiedad eficaces. Sus seguidores parecen haber olvidado esto.” Amnesia que también sufren muchos políticos y dirigentes argentinos.


Entendiendo como se alcanzó el éxito

Pero entonces, si algunos reyes españoles o franceses fueron similarmente incompetentes como los de otros imperios extra europeos, ¿cuáles fueron los motivos que producirían este “milagro occidental” que llevaría a sus habitantes a una posición económica muy superior?
La principal ventaja de Europa fue, justamente, la rivalidad política de sus numerosos reinos, principados y ciudades estado, que no permitía que un solo poder pudiera dominar completamente el continente. Así, estas organizaciones sociales competían comercial y militarmente entre sí. Aquel que organizara de forma ineficiente su reino o sometiera a sus súbditos a impuestos exorbitantes o confiscaciones arbitrarias, era “castigado” con el éxodo de comerciantes, artesanos, y labradores, lo cual en definitiva terminaba afectando su “base imponible” y la fortaleza del mismo.

Esto llevó a que aquellos gobernantes más capaces se dieran cuenta, muchos años antes de Adam Smith escribiera su “Causas y Origen de la Riqueza de las Naciones”, que para atraer “inversores” y “trabajadores” no se necesitaba mucho más que dejar funcionar una economía de mercado respetando la libertad e iniciativa individual, con derechos de propiedad bien definidos, impuestos razonables y una justicia no arbitraria. En otras palabras, el interés individual (de un Rey en tener el mejor reino o simplemente no ser conquistado por otro) estaba alineado con el interés social (de habitantes del reino de tener un buen bienestar y eficiente provisión de bienes públicos tales como defensa o justicia). A su vez, esos habitantes al tener la certeza de que podían disfrutar de los producido por su esfuerzo y que no sería expropiado, devaluado, o confiscado, se esmeraban por mejores resultados (búsqueda de bienestar individual) que repercutía en un aumento de su productividad y proveía a la sociedad de mayores y mejores bienes y servicios (logro de bienestar social) y de una mayor fuerza económica.

Dos estados advirtieron este círculo virtuoso mejor que todos los demás, y especialmente antes que Francia y España. Lo cual, los haría crecer casi ininterrumpidamente y los llevaría a tomar la delantera económica en los próximos siglos. Dichos estados fueron los Países Bajos (Holanda) en un primer momento y Gran Bretaña posteriormente. No extraña entonces que Paul Kennedy sostenga que los tres pilares sobre los que se afirmó el despegue occidental fueron el “laissez faire”, la “libertad intelectual”, y el “pluralismo político y militar”. De esta forma, la rivalidad competitiva por la supervivencia de los estados promovió una constante renovación y mejoramiento organizativo de dichas sociedades.

Pero al mismo tiempo que Holanda encontraba la fórmula para el éxito económico, la rivalidad competitiva por el poder mantenía al resto de Europa sumida prácticamente en el caos permanente. Un tiempo antes, Maquiavelo había expuesto su teoría para conseguir y conservar el poder, dando nacimiento a la teoría política pura y despojada de todo moralismo o religiosidad. Más tarde, Hobbes, cansado del anarquismo de las continuas guerras civiles, propondría que todos los súbditos delegasen sus “derechos” en una autoridad fuerte, que como un “leviatán”, garantizaría la paz y el bienestar de los habitantes. Y aunque generó fuertes controversias y no solucionó completamente el caos, introdujo sí, la idea del “contrato social”, la cual sería parte central de la mayoría de las teorías posteriores.
Pero quien al fin, teorizaría sobre un sistema, basado en el sentido común y la razón, que permitiría el orden civil, fue John Locke, a quien a menudo se lo suele citar como el padre del Estado moderno, liberal y democrático como lo conocemos en la actualidad. Su obra “Two Treaties on Government” daría nacimiento a la teoría constitucional que sería fuente de legitimación de la soberanía popular, los derechos naturales y la división de poderes de un gobierno controlado parlamentariamente (posteriormente Monstesquieu la ampliaría con el Poder Judicial)

Surgía así, la idea de que ya no era seguro confiar en que todo hombre poseía por naturaleza una virtud política hacia el bien común sino que había que organizar un sistema donde el interés egoísta hacia el beneficio personal que poseían la mayoría de los individuos condujera también hacia el bienestar general. El poder controlado por el mismo poder. El interés controlado por otro interés opuesto. Y al final, un equilibrio de poderes e intereses que mantendría la paz y posibilitaría el desarrollo conjunto. Atrás quedaba la confianza en la bondad divina de los reyes absolutistas o la solidaridad desinteresada de los nobles. En efecto, la historia ha demostrado reiteradamente que aún en el caso de que dichas intenciones sean sinceras, ello no es suficiente para que una sociedad progrese.

Los que mejor entendieron estas nuevas ideas y las aplicaron en forma pragmática en el diseño estratégico de una “organización eficiente”, fueron los norteamericanos de las 13 colonias. Así, Alexander Hamilton sostenía en 1788 respecto al orden que debía regir en el nuevo mundo: “Los hombres perseguirán sus intereses. Es tan fácil cambiar la naturaleza humana como oponerse a la fuerte corriente de las pasiones egoístas. Un legislador sabio desviará suavemente el canal y lo orientará, en lo posible, al bien público.”

Madison, quizás inspirado en Montesquieu (“Para que no se pueda abusar del poder, es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”), escribió en “The Federalist Papers”: “Concentrar…todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial en las mismas manos, sean éstas de muchos, pocos o uno…puede con mucha razón ser definido como la verdadera dictadura” .

Increíblemente, en la argentina de hoy, presenciamos la delegación de atribuciones legislativas al poder ejecutivo mediante decretos de necesidad y urgencia, promulgación parcial, y derechos delegados. Mientras al mismo tiempo, la mayoría automática de la Corte Suprema parecería ser la normalidad de todo gobierno. Podría quizás aceptar que en tiempos de la independencia, Bolivar tenía razón cuando afirmaba que debido a su pasado, los países latinoamericanos debían tener reyes con el nombre de presidente. Pero definitivamente, estoy seguro que no es el camino adecuado en este siglo XXI para sacar adelante nuestra nación.

Estas ideas políticas, que por otra parte incentivaron las revoluciones que dieron lugar a la organización institucional actual en el mundo occidental (revolución gloriosa de Inglaterra en 1688, independencia americana de 1776, y revolución francesa de 1789), se analizarían en nuestro país a través del debate intelectual entre Alberdi y Sarmiento, debate que duraría unas cuantas décadas y marcaría el nacimiento de la nación argentina organizada.

La “Tabla Rasa” y Nuestra Constitución: Sarmiento, quien gracias a su estadía en Boston se había empapado de la realidad del país del norte, deseaba adoptar la “organización americana” prácticamente sin ninguna modificación. Alberdi no coincidía, decía que ello no era posible debido, entre otras cosas, a que nuestro pasado era fundamentalmente diferente del pasado anglosajón. “…ninguna sociedad surge sobre una tabla rasa, aún cuando un nuevo sistema político signifique una ruptura con el anterior” escribió Alberdi en sus “Bases y Puntos de Partida para la Reestructuración Nacional”, Y los contextos históricos e institucionales sobre los que se asentaron la “Constitución Argentina de 1953” eran sustancialmente diferentes de aquellos sobre los que implementó la “Constitución Norteamericana de Filadelfia”.

Y vaya si eran diferentes que el historiador español César Yáñez los catalogó como el “pecado original” del mundo Iberoamericano, como explica en uno de sus artículos :

“La interpretación neoinstitucional del atraso económico, sugiere que a América Latina se trasladó un conjunto de normas sociales y económicas originarias en las potencias colonizadores ibéricas que impidieron que los mecanismos de mercado se instalaran allí con la misma eficacia que en las colonias británicas.

España y Portugal, entonces, trasladaron a sus colonias americanas su acerbo cultural, su idioma, su religión y sus creencias, e instauraron un sistema colonial que reproducía el sello de fábrica de sus instituciones. En los términos que Landes plantea ese trasvase institucional, en el simulacro de sociedad ibérica implantada en América, faltaban las habilidades, la curiosidad, las iniciativas y los intereses cívicos que los colonos ingleses habían llevado a América del Norte:

"La propia España se había quedado rezagada a este respecto, debido a su homogeneidad cultural y a su docilidad, a su prosperidad y a su interés por las futilidades, defectos que exportó a ultramar. No podía ser de otro modo –escribe Landes-. Los españoles que llegaron al Nuevo Mundo no estaban allí para romper los moldes. Querían enriquecerse, sobornando a los encargados para obtener encomiendas y trabajo: unos pocos años en las colonias serían suficientes. El camino a la riqueza no pasaba por el trabajo, sino por la prevaricación y el (des) gobierno."

El régimen colonial español y portugués es el resultado de esas ambiciones personales desmedidas, dispuestas a conseguir en unos pocos años lo que en sus pueblos de origen no se conseguía sino al cabo de muchas generaciones. América era el botín, en forma de metales preciosos, tierras y trabajo indígena servil, donde no había objetivos de mediano y largo plazo, y donde las consecuencias de lo obrado –si estaba premiado con riqueza-, jamás pasaría cuentas. El marco institucional importado por América en el siglo XVI, llevado allí por un puñado de soldados licenciados de las campañas contra los árabes, dio lugar a un sistema de gobierno y a una manera de hacer riqueza en la que estuvo ausente casi del todo el imperio de ley. El adelantado y su hueste, en nombre del Rey actuaban en provecho propio y reunían en la misma persona la autoridad y el interés.

El "pecado original" del régimen colonial ibérico consistió en su incapacidad para hacer la distinción entre las reglas del juego y los jugadores, constituyéndose desde entonces un sistema institucional con fuertes constricciones para el funcionamiento de los mercados y la aplicación de la ley por encima de los intereses particulares.”

Alberdi entendió muy bien esta realidad, y su plan para modificarla era transplantar la cultura protestante y trabajadora del norte de Europa, a través de la inmigración que modificaría la cultura argentina de entonces. “… ¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y los Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas aquí.” ¿Tuvo éxito? ¿Se transformó la Argentina? En gran parte sí, pero creo que aún no nos hemos podido librar completamente de dicho “pecado original”. Nuestra realidad socioeconómica es una prueba irrefutable de ello.

Los norteamericanos, a pesar de que no arrastraban este “pecado original” iberoamericano (o quizás como causa de ello), fueron concientes de la importancia de corregir y encauzar, cuando fuere necesario, sus instituciones hacia el progreso conjunto de su sociedad. Jefferson ya reconocía a fines del siglo XIX la existencia de ciertos “virus” que podían surgir en el sistema. En uno de sus discursos mencionó: “En todo gobierno sobre la tierra hay algún rastro de debilidad humana, algún germen de corrupción y degeneración que la astucia descubrirá y la malicia abrirá, cultivará y mejorará de manera imperceptible. Todo gobierno degenera cuando se confía sólo a los gobernantes del pueblo…”

Posteriormente John Nash, les daría el marco teórico para entender aquellas situaciones donde el egoísmo individual no lleva al beneficio general. O dicho de otro modo, donde la “mano invisible” no funciona correctamente.
Así se convirtieron en uno de los pueblos más eficientes en el arte y la ciencia de crear e instalar “antivirus” en sus instituciones. Su organización político-económica se volvió aún más eficiente, y en tan sólo una centuria, llegaron a ser la mayor potencia del planeta .
Nosotros, en cambio, hemos permitido que dichos gérmenes de corrupción que la “astucia descubre y la malicia abre, cultiva y mejora de manera imperceptible” se hayan insertado de manera permanente en nuestro gobierno y nuestras instituciones.


En busca de la “República Eficiente”

Argentina necesita perfeccionar las instituciones, instituciones que representan también los partidos políticos y las reglas de juego de la democracia, y no pueden quedar dudas sobre ello, aunque algunos pocos se resistan a cambiar el actual status-quo.
Se suele citar a Winston Churchill, quien dijo que “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto cuando se la compara con cualquier otro intento”, para hacer callar las críticas voces de nuestra democracia actual. Sin embargo, tal argumento esconde una sutil estratagema para persuadirnos de que las opciones son democracia o no-democracia. Una opción entre blanco o negro, olvidándose que también existe una infinita escala de grises. Dicha estratagema resultó muy redituable al finalizar la segunda guerra, cuando se libraba una batalla intelectual contra el autoritarismo. Sin embargo, en este siglo XXI no se puede desconocer que no existe una “única democracia” sino varios tipos y grados de eficiencia democrática. No es lo mismo la democracia paraguaya que la sueca, no es lo mismo la democracia americana que la democracia alemana. O la francesa y la rusa. Algunas funcionan muy bien, otras regular, y otras tantas de manera ineficiente. Y hasta quizás un sistema funcione adecuadamente en un país pero no cumpla su objetivo en una cultura diferente.
Con el capitalismo sucede algo similar, y quizás aún más notorio: las regulaciones y desregulaciones existentes en una economía de mercado pueden producir que dos sistemas capitalistas sólo tengan en común poco más que el nombre.

De esta forma, el cambio reclamado no significa necesariamente deshacer lo andado o tomar el camino contrario, el cambio que la mayor parte de la sociedad reclama es un cambio positivo, un cambio hacia delante, un mejoramiento de las instituciones, de nuestra democracia, de nuestra economía. Sin embargo, nuestros dirigentes, por cinismo o ceguedad, recurren a la misma estrategia que utilizó Rosas en 1851: La Carta de la Hacienda de Figueroa.

En 1934, la confederación estaba sumida en la guerra civil y el caos por la organización de la república. Juan Manual de Rosas se encontraba en una estancia, la “Hacienda de Figueroa” en San Andrés de Giles, y desde allí le escribió una carta a Facundo Quiroga donde expone su pensamiento político y su estrategia para el futuro. Básicamente, Rosas sostenía que debido a las circunstancias reinantes, la nación aún no se encontraba preparada para organizarse constitucionalmente bajo un régimen federal, por lo tanto, las provincias debían solucionar primero sus problemas en paz y en forma independiente, y sólo con el tiempo se darían las condiciones para considerar una Constitución Nacional. Estuviera equivocado o no, lo cierto es que a más de dos décadas desde la Revolución de Mayo, nuestra nación debió ver transcurrir otras dos décadas hasta que se pudo organizar como país bajo la constitución de 1853. No por nada, muchos historiadores suelen referirse a dicho período como la “Edad Media o Feudalismo Argentino”.
Pero lo interesante de la situación y la analogía con la actualidad, es que cuando en Mayo de 1851 Justo José de Urquiza decide encabezar una rebelión, exigiendo una constitución para la argentina, todo lo que hace Rosas para contrarrestarla es… ¡publicar su famosa carta de la Hacienda de Figueroa escrita diecisiete años atrás!
En palabras de Felix Luna, “(Rosas) todavía creía que la organización institucional emergería gradualmente desde abajo en vez de ser impuesta desde arriba. Su gobierno se había vuelto anacrónico. Lo que había sido útil 17 años antes, se había convertido ahora en algo completamente sin sentido.”

De manera similar, nuestras instituciones actuales no son las más adecuadas para la realidad argentina del siglo XXI. Debemos mejorar nuestra economía pero también nuestra democracia. Y no queremos ni podemos seguir escuchando las modernas “Cartas de la Hacienda de Figueroa” que nos envían nuestros dirigentes.

Así, mientras sigamos sin realizar los absolutamente necesarios y continuamente postergados “updates” de nuestras reglas de juego, aquellos países con una mejor “organización institucional” seguirán obteniendo mayores beneficios y ampliando su ventaja relativa y absoluta respecto de la Argentina. Y por supuesto, con la mayoría de sus ciudadanos disfrutando de un bienestar sustancialmente mayor al nuestro.


Privilegios e ineficiencia en nuestra “organización institucional”

Roberto Cortés Conde , en su libro “Progreso y Declinación de la Economía Argentina”, nos da ciertas pautas para comenzar a comprender nuestro fracaso: “…las causas de la decadencia no deben buscarse en la misma economía sino en el sistema institucional que permite que ésta funcione. Son las reglas que crean los individuos para convivir las que hacen posible el intercambio eficiente y con ello el progreso de la comunidad.”

Carlos Strasser , comenta en su libro sobre la “Democracia y desigualdad” de nuestro país, como sin dejar de lado lo obviamente positivo en una democracia como es la existencia de libertades y un Estado de Derecho constitucionalista (aunque ambos tienen límites y precariedades patentes), el grueso de la gente “ha quedado de hecho descolocada, se siente desprotegida y no tiene ya muy en claro “de que sirve” el régimen democrático,…, ni grandes expectativas acerca de su performance. Se encuentra así como más bien “perdida” en el cosmos,…, lejos de entender lo que pasa y le pasa, sin esperanzas determinadas ni determinables, vacía de cualquier pasión pública movilizante, desconfiada de los dirigentes políticos y crecientemente incrédula respecto de las instituciones, sumida en “los trabajos y los días”: los trabajos (quienes lo tienen) y los días, que solamente se suceden.”

En similar tono, un reciente artículo publicado por “The Economist” refleja las tendencias de opinión en Latín América y nos indica como piensan los ciudadanos en cuanto a sus respectivos “sistemas”. No es de extrañar entonces, de acuerdo con dicho informe, que el 71% de los argentinos pensemos que “nuestro país es gobernado para el interés de unos pocos y poderosos intereses y no para el beneficio de la mayoría” .

En la Argentina de hoy, al igual que en la mayor parte de las últimas décadas, vivimos en un sistema político, económico e institucional más propicio para la destrucción de riqueza que para potenciar nuestro desarrollo y bienestar de manera eficiente. Paradójicamente, hemos prestado muy poca atención, y ya analizaremos por que motivos, a corregir estas desviaciones. Y es así que hoy, al igual que la sociedad de Luis XIV, el Imperio Otomano, o el de los Habsburgo, nuestra organización política y económica es increíblemente ineficiente y nos puede arrastrar aún más hacia nuestra decadencia relativa respecto al resto del mundo.

Si verdaderamente deseamos cambiar nuestro país, debemos realizar un análisis lo más “científico” posible de la situación, con objetividad, sin prejuicios ni falsas ideologías, y crear el consenso respectivo.
Pero para encontrar las claves que nos permitirán superar nuestro subdesarrollo debemos entender primeramente las causas que nos condujeron y nos mantienen en tal situación.

Douglas North, en “Estructura y Cambio en la Historia Económica”, nos señala una de las principales causas del estancamiento económico a lo largo de la historia de la humanidad: la existencia de discrepancias entre los costos y beneficios públicos y privados. Esto se conoce en economía como el problema de “free rider” aquél que viaja gratis ya que no incurre en los costos pero disfruta de los beneficios.


El Consejo de la Mesta: Uno de los ejemplos más drásticos sobre la discrepancia entre costos y beneficios públicos y privados es sin duda la agrupación de gremios que abarcaba a las distintas “mestas” de pastores de ovejas en la España del siglo XVI. . A cambio de ser una de las mayores fuentes de ingreso de la Corona, este “honorable” Consejo de la Mesta arrancó una serie de privilegios al “gobierno”, el más importante de los cuales fue sin duda el de tener la libertad de movilizar sus rebaños por todas las regiones españolas en busca de las mejores pasturas de acuerdo con las estaciones climáticas; como consecuencia, se frustró por muchos siglos el desarrollo de derechos eficientes en la tierra. No se podían cercar los campos y a los agricultores sólo les quedaba rezar para que los rebaños de ovejas privilegiadas no pasaran por su tierra. Al igual que algunos sectores privilegiados de la Argentina actual, el Consejo de la Mesta fue exitoso en “socializar sus costos”, a la vez que se quedaba con la mayor parte de los beneficios. Por supuesto, al mismo tiempo los agricultores no tenían muchos incentivos para producir ya que debían cargar con el peso de los privilegios ajenos. Las consecuencias quedaron registradas en muchas obras literarias del siglo de oro español: mientras que unos pocos vivían en el lujo, la mayoría padecía hambre.


Así, y volviendo a tomar un ejemplo del Imperio Español de siglos pasados, tan cerca de nuestra herencia cultural, “el comercio y el intercambio se resintieron de la presencia de monopolios, la fuerte presión fiscal y las confiscaciones. Las únicas áreas libres de las necesidades de la Corona eran la Iglesia, la nobleza o la administración civil. La observación corriente de que los hidalgos sentían aversión al comercio y al intercambio y que preferían una carrera en la Iglesia, el Ejército o la Administración Civil, sugiere simplemente que actuaban como seres racionales. La estructura de derechos de propiedad que surgió como consecuencia de la política fiscal del gobierno, sencillamente imposibilitaba la realización de muchas actividades productivas y fomentaba actividades socialmente menos productivas, pero que estaban protegidas de la avaricia del Estado. ”

De forma análoga en la Argentina de este siglo, “al lograr con éxito influir sobre el Estado, los grupos de intereses (lobbies) aprendieron, se fortalecieron y maximizaron la inversión en influencias. Pero al no estar seguros de la duración de ellas –a sabiendas de la falta de legitimidad de los privilegios-, buscaron lograr la máxima ganancia en el plazo más breve posible.” (Cortés Conde)
Estos virus que producen las fallas que terminan perjudicando a la mayoría (y muchas veces también a los mismos sectores que creen ser inmunes) son creados por ciertos grupos minoritarios e insertados por los “lobbistas” que trabajan para ellos, sin ningún interés en que el sistema funcione correctamente sino que funcione fundamentalmente para beneficio de dichos “privilegiados”.


El “vals del progreso” y el “des-gobierno”


Peter Jay, editor de la BBC y del Times y ex embajador de Gran Bretaña en Estados Unidos, tomó este concepto del “free rider”, en mi opinión una de las causas principales de nuestro subdesarrollo, y lo introdujo dentro de un patrón frecuente que ha modo de ritmo de vals (un, dos, tres; un, dos, tres) se impone a toda la historia de la humanidad para indicar los avances y retrocesos de la riqueza de los pueblos. Este vals, el cual se podría haber denominado vals del progreso (o retroceso, de acuerdo en cómo se dé el tercer paso), se compone de las siguientes tres etapas :

1) de cuando en cuando se produce un avance económico, por azar o a raíz de un adelanto técnico o intelectual, que permite a todas luces alimentar un número mayor de bocas, proporcionar una mejor alimentación a las bocas que ya existen o elevar el nivel de vida de un modo u otro;
2) este avance provoca una serie de amenazas por parte de los depredadores, que pueden ser bien una especie de afuera (asaltantes externos) o free riders (holgazanes internos, miembros de la comunidad que se aprovechan), deseosos de hacerse con los frutos del citado avance sin pagar por ello los costes o esfuerzo requeridos para sustentarlo, y
3) estos factores amenazadores provocan que se reclame una solución política que proteja el avance original frente a los depredadores mediante leyes que prohíban o desalienten tales conductas o a través de métodos directos de vigilancia y defensa.

En su libro, Peter Jay prosigue explicando que “es la estabilidad o cualquiera de las demás soluciones en el tercer estadio lo que determina con frecuencia hasta qué punto, dónde y durante cuánto tiempo podrán aprovecharse los frutos del avance, que en un principio tenía una naturaleza meramente económica. Habida cuenta de que el primer paso desemboca en el segundo y siempre cabe la posibilidad de que falle el tercero, hay civilizaciones enteras (al igual que unidades económicas de menor envergadura) que acaban por retroceder en lo económico o incluso, en ocasiones, derrumbarse por completo, aunque claro está, existe siempre la eventualidad de un desastre natural que haga este trabajo sin la ayuda de la incompetencia política o la inferioridad militar del hombre.”

De esta forma, el autor nos indica como aquellas sociedades que han fracasado o se han desmoronado hacia la decadencia han sido aquellas que no han podido resolver el siguiente enigma: el éxito económico necesita de un buen gobierno; sin embargo, todo gobierno crea desgobierno, que es precisamente lo que destruye la prosperidad.

Organizar una República Eficiente significaría el fin de nuestro desgobierno, significaría trocar la España de los Hasburgo o el “ancient régime” francés por el desarrollo y progreso de Holanda e Inglaterra en los siglos XVIII y XIX. Un cambio histórico, un drástico “turning point” como el implementado en la Alemania de Bismarck, la Reustaración Meiji del Japón, el milagro Surcoreano del último medio siglo, o la transformación Española en las últimas dos décadas. La opción es simple: o implementamos los cambios estructurales necesarios, o seguimos viviendo en “Belindia”, ese hipotético país donde unos pocos viven como en Bélgica y la mayoría como en la India.

Sin embargo, cada país es único, y como bien señala Joseph Stigliz, premio Nobel de economía y ex economista del Banco Mundial, siempre será un error tratar de instalar un “paquete pre-armado” como fue el “concenso de Washington” sin considerar las particularidades históricas e institucionales de cada país .


La resistencia al cambio y la “no-alineación” de intereses.


Pero, ¿por qué es tan difícil cambiar el “status quo”? ¿Por qué a pesar de que todos sabemos que nos dirigimos directo al abismo, es tan difícil cambiar el rumbo de la sociedad? ¿Tienen la culpa los capitanes del barco? En parte sí, pero no por ello deberíamos quedarnos en el facilismo del “que se vayan todos” sin antes entender las verdaderas causas de nuestro padecer y crear un plan estratégico alternativo, diseñando los mecanismos adecuados para que “lleguen sólo los mejores” y no que las imperfecciones de nuestra democracia permitan que algunos pocos impidan el accionar de aquellos que verdadera y competentemente luchan por mejorar nuestro país.

La fábula de la rana: Leí cierta vez , sobre que si uno coloca una rana dentro de una olla con agua fría y luego comienza a calentar gradualmente la misma, la rana se va acostumbrando a la nueva temperatura sin darse cuenta del peligro, y cuando el agua llega al punto de ebullición la rana está tan abombada que muere sin intentar escapar. Pero por el contrario, si soltamos la misma rana directamente en el agua hirviendo, se dará cuenta del peligro y mediante un fuerte impulso saltará inmediatamente fuera de la olla. Puedo entender dicho comportamiento en un animal pero me resisto a pensar que los seres humanos cometemos el mismo error. ¿Cuáles son entonces las causas de ello en una sociedad o en una organización?


Lo economistas denominamos “desequilibrio estacionario” a una situación en la cual los mecanismos de mercado no funcionan correctamente y la situación deseada de equilibrio nunca puede ser alcanzada si no es mediante un shock externo o una modificación de las reglas de juego. ¿Podría ser que el estancamiento Argentino sea como una especie de desequilibrio estacionario, el cual por definición se prolongaría indefinidamente? Y si es así, ¿cuáles son las razones que mantienen dicho status quo? Quizás la principal razón para dicha desequilibrio estacionario sea la no-alineación de intereses dentro de la sociedad.

No-alineación de intereses significa que existe diversidad de intereses que hacen que la sociedad no tenga objetivos uniformes, lo que la mayoría verá como beneficioso, podría ser tomado como perjudicial por otros. De forma contraria, una mala situación para la mayoría puede ser fuente de beneficios para una pequeña minoría que por lo general estará mejor organizada e impedirá los cambios requeridos.

En definitiva, como bien señaló Paul Kennedy, “… las principales razones de la decadencia de las potencias son generalmente mucho más internas que externas”. Tampoco la nobleza española del imperio Habsburgo (como también la francesa previa a la revolución de 1789) tenía interés alguno en cambiar el “status quo”. Esto se debía a que, y a pesar de que en términos relativos “su país” perdía terreno respecto a otras potencias europeas y había una creciente desigualdad de ingresos y pobreza entre la mayoría de la población, los ingresos de estas minorías “prebendarias” aumentaban constantemente. Así, estos grupos se volvieron muy exitosos en conservar su poder y utilizar sus influencias para ejercer una “coacción” sobre el resto y mantener el orden establecido.

Estas y otras imperfecciones económicas causadas por la “no-alineación” de intereses, sumada a la incompetencia administrativa, hizo que ni todo el oro, plata y riquezas amerindias pudieran salvar a España de la decadencia en la que se hundiría años más tarde.

La clave se encuentra en el éxito o fracaso de un gobierno para equilibrar o reaccionar ante estas fuerzas sectoriales, de manera tal que no se perjudique a la mayor parte de la sociedad en detrimento de un pequeño sector minoritario en búsqueda de rentas excepcionales.
En términos generales, el propio Cortes Conde explica de forma concisa este problema: “Mientras que ante parecidas circunstancias a las de la Argentina en otros países se crearon coaliciones similares, en los más adelantados la multiplicidad de intereses, dentro de sistemas políticos plurales y estables, puso límites a las demandas desmedidas de cada sector y permitió que el Estado mantuviera una relativa autonomía. Lo excepcional en la Argentina no fue la protección o los privilegios sino su exagerada dimensión. … el Estado era demasiado débil y el sistema político poco maduro para mantener una relativa distancia entre los intereses sectoriales y el gobierno. … En un sistema político débil la competencia por la búsqueda de rentas económicas lleva casi siempre a la corrupción.”

El problema no es entonces, el surgimiento de intereses sectoriales que persiguen sus propios intereses (por el contrario, ello es uno de los motores del capitalismo), el problema se da cuando se produce un desequilibrio muy marcado en el poder de cada uno de dichos sectores. Y cuando al mismo tiempo y dentro de dicho desequilibrio, el interés de aquel sector que se alza con el mayor poder, se encuentra en franca oposición con el bienestar de la mayoría.

Los norteamericanos han asimilado muy bien esta idea y comparten el paradigma de que no es suficiente confiar sólo en una utopía de la virtud absoluta. Ellos saben muy bien que el equilibrio entre la multiplicidad de intereses, junto a un Estado autónomo y competente, son la mejor arma contra las demandas más desmedidas y los excesos de cada sector.

Claro que esta no-alineación y desequilibrios de intereses no es una exclusividad de las naciones, sean desarrolladas o en vías de serlo. Estos problemas también se presentan en el mudo corporativo y se los conoce como “Agency Problems” o problemas del agente. Y aunque el estudio de dichos problemas en las últimas décadas estuvo mayormente orientado hacia el sector privado, sus investigaciones pueden ser aplicadas al sector público. Un “agency problem” se presenta en una empresa privada de capital abierto cuando bajo ciertas circunstancias los intereses que persiguen los gerentes están en contradicción parcial con los intereses de los verdaderos dueños de la empresa (accionistas). La importancia de este problema en el mundo corporativo ha quedado demostrada por la gran cantidad de recursos que se han volcado para estudiar y resolver los temas concernientes a la rama teórica que se ha denominado “corporate governance”.


“Agency Theory”: En una empresa por acciones, los accionistas designan a los ejecutivos para que tomen decisiones. No obstante, dichos ejecutivos pueden tener objetivos personales que compitan con el objetivo o interés de maximización de riqueza de los dueños de la empresa. Por ejemplo, algunos argumentan que ciertos gerentes o presidentes corporativos tienen como objetivo principal maximizar el tamaño de la corporación (aún a costa de un mayor retorno accionario), para de esta forma incrementar su poder, su status, y su salario. También en las donaciones corporativas, existe un “agency problem” ya que los ejecutivos asumen la gloria pero los accionistas son los que deben afrontar el costo.
Así, a medida que se incrementa el número de accionistas y la propiedad de la empresa se diluye en varias manos, estos problemas se duplican. En una empresa pública se multiplican, y en la administración de un país se potencian. Más aún, si no existen los mecanismos adecuados para corregir estos problemas de “corporate governance” y lograr que los ejecutivos (o gobernantes) persigan o alineen sus propios intereses con aquellos de sus accionistas (o ciudadanos), las consecuencias pueden ser catastróficas: recordar ENRON (o Argentina).


No debemos confundir “corporate governance” (solucionar problemas de no-alineación de intereses como “agency problems”) con gobernabilidad (legitimidad y poder en el ejercicio del gobierno).
Una administración gubernamental podría tener un alto grado de gobernabilidad y verse impedida, sin embargo, de cumplir con el interés de la mayoría si dentro de las instituciones del estado, encontramos trampas (“agency problems”) que impiden que el incentivo o interés propio sea canalizado hacia el interés general.

La búsqueda de una solución para estos problemas no es nueva, al menos desde el marco conceptual. Locke, Montesquieu, De Tocqueville y también Alberdi ensayaron soluciones de alguna u otra forma ya hace muchos años: “es necesario que el poder frene al poder”. Pero lo novedoso de las nuevas investigaciones son las aplicaciones prácticas que se ensayan dentro de empresas con un tamaño económico similar o superior al PBI argentino y una cantidad de acciones que supera el número de habitantes de nuestra nación. Sin embargo, en la Argentina se intenta seguir andando por el equivocado camino de los superpoderes absolutos y discrecionales.

Vale esta analogía con el sector privado: a diferencia de ENRON, no fue necesario que existieran superpoderes dentro de BRITISH PETROLEUM para que en tan sólo una década, esta gigantesca empresa con una facturación que supera nuestro PBI, pasara de ser un tosco elefante estatal camino al ocaso, a una ágil y próspera multinacional con la flexibilidad e innovación de una pequeña empresa tecnológica, mientras ENRON, gracias a fallos en los mecanismos de control sobre sus directivos, hoy ha dejado de existir.

Y trasladando finalmente estos conceptos a la Argentina, volvemos a encontrarnos con nuestra República Ineficiente, aquella donde una también ineficiente organización institucional ha permitido una creciente “no-alineación” entre los intereses de los gobernantes y de ciertos sectores privilegiados y los intereses del conjunto de la sociedad argentina.

Gerentes Públicos se buscan: Más que “super-poderes”, necesitamos “super-sentido-común” para poder implementar las estrategias y acciones que nos saquen de esta decadencia relativa cada vez mayor respecto al resto de los países desarrollados. Y para que podamos, en definitiva organizar una República Eficiente.
Y en dicha estrategia podemos y deberíamos valernos no sólo de la ciencia política, el derecho y la economía, sino también de la suma de éxitos y fracasos de otras organizaciones privadas, plasmados en disciplinas teóricas como “corporate finance”, “portfolio management”, “strategic mangement” u “organizacional behavior” entre otras.


Después de todo, tanto un Presidente, Gobernador, o Ministro, al igual que un Ejecutivo o Gerente de empresa, son “administradores de organizaciones”. Y conjuntamente con los legisladores en un caso, y los directores en el otro, tienen la responsabilidad principal en el éxito o fracaso de las mismas.

No en vano muchos sostienen que nuestro subdesarrollo gerencial en el sector público es aún más acentuado que nuestro subdesarrollo económico. Y sólo mejorando la calidad de la gestión (¿resolviendo el enigma del “desgobierno” de Peter Jay?) podremos cambiar nuestra realidad en forma efectiva. En otras palabras, un Gobierno Eficiente es una condición previa y necesaria para poder vivir en una República Eficiente.

Pablo Presas 



Bibliografía Recomendada

Botana, Natalio; “La tradición republicana”, Editorial Sudamericana.
Cortés Conde, Roberto; “Progreso y declinación de la economía argentina”, Fondo de Cultura Económica.
Gelly, María Angélica; “Constitución de la Nación Argentina. Comentada y concordada”, Editorial La Ley.
Jay, Peter; “The Wealth of Man”, PublicAffairs
Kennedy, Paul; “The Rise and Fall of the Great Powers”, Vintage.
Kindleberger, Charles; “Manias, Panics, and Crashes: a history of financial crises”, Wiley Investment Classics.
North, Douglas; “Estructura y cambio en la historia económica”, Alianza Editorial.
North, Douglas y Thomas, Robert Paul; “El nacimiento del mundo occidental. Una nueva historia económica (900-1700)”, Siglo XXI Editores.
Pinker, Steve; “The blank slate: the modern denial of human nature”, Penguin Books.
Rojas, Mauricio; “Historia de la Crisis Argentina”, Distal.
Schwanitz, Dietrich; “La Cultura. Todo lo que hay que saber”, Taurus.
Shumway, Nicolas; “The invention of Argentina”, University of California Press.
Stiglitz, Joseph; “Globalization and its discontents”, W.W. Norton & Company.
Strasser, Carlos; “Democracia y Desigualdad: sobre la democracia real a fines del siglo veinte”, Clacso.
Rand, Ayn; “La rebelión de Atlas”, El Grito Sagrado.


(Update del año 2006) 
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